LA VIDA AL DESNUDO
En un paraje de belleza insólita en la provincia de Tarragona está el único pueblo naturista de España, donde el nudismo es común en sus visitantes: desde magistrados, miembros de la Guardia Civil y diputados hasta un ex franciscano.
ANTONIO LUCAS
La mañana viene pespunteada de nubes. Casi todos los veraneantes de El Fonoll se han ajustado camisetas y pantalones cortos, a su pesar. Amenaza lluvia en este pueblo recuperado del interior de Cataluña, exactamente en la zona del municipio de Passanant (a 50 kilómetros de Tarragona y a 95 de Barcelona), situado en un valle privilegiado que descansa sobre el pecho de una loma.
Llegar por vez primera hasta aquí requiere cierta dosis de paciencia, capacidad de aventura y resistencia a las curvas. Es el peaje necesario para conocer el único pueblo naturista de España, concebido como tal.
Sale de nuevo el sol, y la ceremonia de los cuerpos comienza su danza mansa, despereza su naturalidad, esa extraña naturalidad de vivir desnudo, como los hijos de la mar. En El Fonoll hay una liturgia perpetua del cuerpo y una comunión permanente con los principios naturales. Es otra forma de entender las vacaciones de verano. Familias, parejas, lobos esteparios y grupos de amigos escogen cada año El Fonoll para pasar unos días en contacto permanente con el bosque, en una finca de 140 hectáreas en cuyo corazón late este pueblo que llevaba más de 60 años abandonado, selvático y virgen a fuerza de olvido, a golpe de balas de la Guerra Civil, que aquí se sintió con fuerza.
Fue Emili Vives quien, hace cinco años, empujado por su afán naturista y su vocación nudista se propuso darle vida al inmenso espacio natural que había adquirido. Poco a poco fue recuperando las casas que apenas conservaban algún muro de carga en pie.
En su primer propósito estaba lo que hoy ya comienza a perfilarse en El Fonoll, una reserva de libertad capaz de acoger a 200 personas los fines de semana, con todo tipo de servicios, aprecios más que asequibles: seis casas familiares (equipadas) con capacidad para cinco personas, 12 apartamentos de dos, 20 minúsculas viviendas, un terreno de acampada, actividades deportivas, zonas de reunión, gimnasio, biblioteca, supermercado..., aunque todavía queda mucho por hacer, por ejemplo, que el agua corriente llegue hasta el lugar de acampada. Aunque todo se andará.
Eso sí, sólo hay una norma insalvable para quien llega a este pueblo que vuelve a vibrar: ir desnudo. Y en esto no hay concesión.
Desde lo alto del camino que conduce a El Fonoll, un enjambre de cuerpos apuntala la excepción del entorno, asaeteado de higueras, arces, cervales, roble valenciano, fresnos y pino rojo y piñonero.
Los días se resuelven en una normalidad inusual. Pero es la normalidad que Emili Vives buscó tanto tiempo, al fin lograda, como un sueño con mimbres de imposible que se ha hecho verdad. «El naturismo es una filosofía muy completa. Un naturista no es sólo nudista, también suele ser vegetariano, ecologista y busca alternativas naturales para la salud, por ejemplo. Eso sí, cada cual escoge lo que más le apetece, aquí no hay restricciones, no pertenecemos a ninguna religión. La libertad individual es el primer y casi único principio».
DESNUDEZ Y VECINOS
En los cuatro años que lleva funcionando El Fonoll, más de 12.000 personas han pasado por el pueblo para participar de esta forma de vida en la que el respeto, el silencio y la Naturaleza se abrazan. Gentes de muy distinto ámbito. ¿Quién se atrevería a pasar unos días compartiendo su desnudez con sus vecinos? «Mucha más gente de la que se cree opta por el nudismo. Además, aquí somos muy cuidadosos con los visitantes. No admitimos a cualquiera», aclara Emili.
Eso sí, el eclecticismo se impone en ese imaginario libro de registros que es la memoria de Vives. Un teniente de la Guardia Civil, magistrados, algún diputado de Esquerra Republicana y hasta un ex franciscano son habituales en El Fonoll. ¿Un miembro de la Benemérita y un magistrado? «Pues anda que un ex franciscano», exclama alguien. «Es que aquí viene la gente a desconectar. El entorno es idóneo. Puedes pasear por el campo hasta hartarte, charlar con quien quieras, dar de comer a los animales de la granja, realizar rutas a caballo por el monte, sumergirte en un baño tonificador de arcilla. Además, la paz es absoluta», señala Emili Vives.
El silencio. El silencio puede ser atroz y festivo a un tiempo; limpio y frondoso a la vez. La iglesia del siglo XIII, en la parte baja del pueblo -cosa insólita-, se convierte en vigía pagana de este espacio, coto de libertad. Sobresale en ella una cruz de absis en piedra que parte uno de sus ventanucos y que, aseguran, es única en el románico de Cataluña. De ahí hacia arriba se despereza el pueblo, ribeteado todavía de algunos muros sin restaurar. «Este es un proyecto lento y estoy solo para llevarlo hacia adelante. Eso sí, tengo bastantes ideas maduradas, como la de levantar un pequeño hotel que cumpla con todas las necesidades de los viajeros más exigentes. Nudista, por supuesto», aclara el creador de esta iniciativa.
Ana y Enric, de Barcelona, llevan tres años asistiendo a El Fonoll cada verano. «Somos ya veteranos en esto. Hace años que nos interesamos por la biocultura y ello, en nuestro caso, se relaciona directamente con el nudismo. No sé por qué, para algunos, desnudarse fuera de la playa está considerado anormal. Hay demasiados tabúes sobre el tema. Sobre todo en algunos adolescentes, pero el pudor es un sarampión que se cura con la edad», comentan.
EXCURSIONES NOCTURNAS
La tarde está casi vencida en el pueblo y, si la temperatura lo permite, después de la cena se realizará alguna excursión nocturna. Con la luz de la luna no sólo se transforma el paisaje, también la sinfonía desordenada del bosque se hace otra. La oscuridad está sucesivamente arañada de aves nocturnas y otros cometas de la noche. «No imaginas el placer que supone hacer una excursión a la luz de la luna. Casi más que por el día», explica Vives.
¿Y en esas excursiones no se cruzan con otros paseantes vestidos? «Alguna vez, pero por el día. Generalmente los textiles no se asombran demasiado porque saben de los gustos de los que estamos aquí». Textil es el término con el que los nudistas se refieren a cualquier persona con ropa. Es una suerte de código ecologista que por momentos alcanza semejanzas con los diálogos de las novelas de ciencia ficción.
Aquí los textiles no están bien vistos. Es decir, que cualquiera que se acerque a El Fonoll, aunque sea para pasar un solo día, debe ir desnudo. «Aquí no queremos mirones. No nos gusta ser el centro de ningún espectáculo», advierte Pere, otro de los habituales del pueblo en vacaciones. «A mi mujer y a mí nos parece más natural ir desnudos. A nosotros nos estorba la ropa. Sin embargo, no soy vegetariano», asegura con cierta sorna. «Mira, si hubiesen hecho un Gran Hermano naturista la gente asumiría mucho mejor el nudismo. El problema estriba en la educación judeocristiana que nos han impartido».
La cena en El Fonoll es otro momento de convivencia, para quien quiera. Se repasa el día, se habla de las actividades que ha hecho cada uno... Por ejemplo, sobre lo aprendido en algunos de los seminarios que suelen impartirse: sobre medicina natural y plantas medicinales, sobre dietética, sobre danza y expresión corporal, sobre sexualidad...
Pero también hay bromas. Lo solemne queda apartado, como en un pacto tácito. «¿Habrá algo más natural que ir en pelotas?», comenta un huésped. La pregunta queda en el aire. La respuesta parece obvia, pero siempre hay una primera vez. Aunque sea este un pueblo sin pudor, ni pecado concebido. Aunque la noche se acode en el bosque vestida de desnudez.
Itinerario de un sueño conseguido
Hace cinco años, Emili Vives, ingeniero, compró El Fonoll. Mejor, la finca en la que está El Fonoll. Cuando le dijeron que aquel pueblo estaba abandonado, puso en marcha los resortes del deseo, cumpliendo así una de sus ilusiones. «La primera vez que llegué aquí me tumbé en el césped, miré al fondo y tuve claro que lo dejaba todo para empeñarme en este proyecto».
Así fue, delegó en sus negocios y se puso a rehabilitar este espacio. «Aún queda mucho por hacer, tengo iniciativas que me llevarán años, pero cuando echo la vista atrás veo que he ido cumpliendo mis objetivos». Desde entonces, sus convicciones naturistas se convirtieron en un modo de vida. Ahora estimula a que los demás compartan y comprendan las ventajas del desnudo.
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